lunes, 23 de septiembre de 2013

Entrevistando a San Francisco de Asis


                                       ENTREVISTANDO A SAN FRANCISCO DE ASIS

El día había sido especialmente abrazador. Umbría ardía bajo el Sol de primavera que reventaba en flores por todas partes. Los inmensos campos que se aproximaban de los montes elevados, divididos en variadas plantaciones, se agitaban en sus diversos matices verdes, confraternizando con las tierras barbechadas para nuevas sementeras, mientras el heno en fardos redondeados daba un colorido especial de amarillo marrón al césped, ora quemado por el Sol, ora reverdeciente, mezclado por el bermejo rubro de las amapolas exuberantes.
En lo alto de la ciudad, la imponente catedral dedicada al Santo de la Pobreza con su torre campanario de elevado porte que, en el pasado servía para observar a los enemigos que se aproximasen de la encantadora Asís, construida en piedras sobre otras piedras que la exaltaban dándole un aire de grandeza, de galantería y de gloria. Cuando la noche descendió, un poco tarde, porque la claridad en el poniente permanecía en deslumbrante colorido, y el cimborrio se adornó de estrellas, el movimiento de personas continuó también en ritmo febril. Favonios soplaban del valle fértil, refrescando las callejuelas y plazas iluminadas.
Un espectáculo en la Plaza de San Francisco atrajera la multitud ávida de ruidos y frenesí, concluyendo sin un gran final, reduciendo la hermosa ciudad al silencio quebrado apenas por las onomatopeyas de la Naturaleza y uno que otro transeúnte noctámbulo. Deambulando por las proximidades de la Iglesia inferior, buscando recordar aquellos ya remotos tiempos del siglo XIII, cuando el joven trovador fuera arrebatado por Jesús y saliera a cantar la melodía inmortal del Evangelio, vi acercarse un grupo de Espíritus nobles y, entre ellos, al Padre Francisco.
Mantenía las mismas características con que Giotto lo inmortalizó en sus frescos. De regular estatura, complexión frágil, trazos sin gran belleza física, pero portador de difícil abordaje de irradiación psíquica, estaba acompañado por algunos de sus primeros hermanos de la revolución del amor, de la pobreza y de la humildad. No podía desperdiciar la feliz oportunidad. Como estaban conversando discretamente, me valí de un momento propicio y, aproximándome, expliqué que yo había sido en la Tierra un periodista brasileño que, en el Más Allá reencontrara a Jesús y lo amaba con ternura y respeto. Interrogué al benefactor del hermano lobo, si él pudiese concederme algunos minutos para una entrevista que encaminaría a los pocos lectores que tomarían cuenta de nuestro encuentro.
Jovial y algo tímido, el santo accedió de buen grado. Lo interrogué, sin demoras, bastante emocionado:
¿Cómo ve el desfile de multitudes llegadas de diferentes partes del mundo, para conocer Asís, y visitar los lugares por donde el Padrecito estuvo, especialmente la tumba que le guarda los despojos carnales? Expresando en la mirada luminosa la grandeza espiritual de la que es poseedor, el pobrecito respondió:
–Ese interés de las criaturas me sensibiliza mucho, especialmente porque reconozco la pequeñez de la actividad desplegada por mí en la Tierra. No obstante, si yo pudiese optar, preferiría que el sentimiento de todos fuese el de mantener contacto con el Espíritu del Señor a quien procuré seguir en los ya lejanos días de la existencia física. En todos mis pasos, mi persona siempre procuró ceder su insignificante lugar al Pastor que nos orienta el camino y nos guarda en paz.
Cuando el ángel de la muerte se acercó a mi cuerpo cansado, antes de retirarme de estos sitios queridos bendiciéndolos, sentí que vendrían muchos hombres y mujeres en el futuro, y que encontrarían paz, rumbo seguro y consuelo moral, eligiendo, luego de profundas meditaciones, el reino de Dios. Aún mantengo esa esperanza, y por eso, periódicamente con mis hermanos que fueran de los más pobres, procuro auscultar las almas y auxiliarlas en su despertar, ayudándolas conforme a sus necesidades y de acuerdo con sus plegarias y oraciones…
–Y ese bullicio que domina a las masas, mientras el mercado de recordaciones crece cada vez más, alterando el significado de las visitaciones, ¿qué le parece?
–No me corresponde censurar el comportamiento de mis hermanos del agitado mundo actual. La criatura humana debe vivir, negociar, intercambiar objetos y procurar la conquista de lucros. Toda actividad honrosa merece respeto, porque arranca al ser de la ociosidad, que es un gran adversario del equilibrio y de la dignidad. Pero vale reconocer que existen otros recursos que pueden ser movilizados para la permuta de valores, evitándose la exaltación de supersticiones que contribuyen para auxiliar en la transferencia de las responsabilidades de la transformación interior para el Bien, por la magnetización de objetos y adoración de símbolos…
Las personas viven hoy aturdidas por la prisa, por la voluptuosidad de la falta de tiempo para meditar, para asimilar las bendiciones del Padre Creador. Asís siempre inspiró paz y reflexión. La vida cristiana es la antítesis del comportamiento agitado y angustiado del ser moderno. Comprendo toda esa inquietud, la misma falta de silencio, siquiera por momentos, en el Templo, cuando se podría pensar en el significado de aquellos días que quedaron en el pasado y su aplicación en la bulliciosa actualidad.
–¿El Padrecito cree que sería posible repetir aquellas vivencias en estos tumultuosos años terrestres?
–Creo que sí, por cuanto, aquellos eran también días de mucho sufrimiento e inquietud, considerando la población y las circunstancias existentes. Había un estado de guerra entre Asís y Perugia, entre los estados italianos y papales, abuso de poder señorial y religioso, alucinación y desespero de las Cruzadas, miseria de los estratos pobres y de los campesinos, indiferencia social y persecuciones de todo orden… El mensaje de Jesús no es para un tiempo, para una Nación, ni mucho menos una propuesta figurativa que debe ser interpretada conforme a la comodidad de los cristianos. En aquella época también se afirmaba que era imposible vivir de acuerdo al Evangelio: despojándose de los bienes materiales, con humildad, con renuncia, con amor total por el prójimo desheredado…
Más de una vez, respondiendo a ese argumento egoísta, esclarecí que, o el Evangelio debería ser seguido conforme fuera predicado, y el lujo, la ostentación, el orgullo eliminados de la Iglesia, o se debería vivir conforme a las vanidades terrenales, las ambiciones de clases y de poder, estando la Palabra totalmente errada… En la coyuntura, era inevitable que el Evangelio triunfase, aunque no todos tuviesen el valor de abandonar el siglo para seguir a Jesús. Comprendo la aptitud de aquellos que prosiguen pensando que es imposible entregar la vida al Maestro y disfrutar simultáneamente de los placeres del mundo, embriagándose de gozo y de perturbaciones. Entretanto, considero que es irrealizable la paz, mientras la criatura se mantenga encarcelada en la celda dorada de los presidios de la posesión y de las pasiones más degradantes. Cuando se rompen las cadenas de los vicios –y el poder terrestre, el uso indebido del sexo, los intereses serviles, las dependencias químicas, alcohólicas y otras, son vicios que se arrastran a través de las generaciones, fijándose en la historia del pensamiento humano como necesidades urgentes –una libertad diferente toma cuenta de la existencia que adquiere belleza y tranquilidad. No se trata esto de una utopía, sino de una realidad. La única posesión que libera es no tener nada más allá de lo esencial, lo que favorece la construcción de la vida feliz.
–¿Qué piensa con respecto a la alteración de objetivos y de comportamientos que la Orden franciscana experimenta actualmente, en total enfrentamiento con los postulados básicos e iniciales que fueron trazados por el Hermano Alegría?
Sin demostrar enfado o malestar ante la interrogación, el entrevistado respondió serenamente:
–Es normal que las ideas puras y dignificantes en su inicio den lugar en el futuro a realizaciones totalmente diversas de los programas elaborados. Con el tiempo y la adhesión de muchos individuos, van surgiendo alteraciones compatibles con el nivel evolutivo de los mismos, que procuran adaptar a sus necesidades aquello que piensan estar abrazando con nobleza y abnegación. Transcurrido un largo período, poco sobrevive a los dictámenes de las imposiciones y caprichos impuestos por los siglos inexorables… Con nuestra tradición, surgieron los primeros fenómenos cuando aún me encontraba en el cuerpo, constatando dolorosamente al retornar de la Cruzada, en vista del largo tiempo que permanecí en Oriente visitando las tierras donde Jesús viviera… El choque que experimenté fue muy grande, llevándome al casi recogimiento total en la Porciúncula y a la necesidad de mayor donación, a fin de mantener fieles a los demás compañeros que habían renunciado a todo: orgullo, cultura vana, discusiones teológicas vacías de significado espiritual y ricas de palabras pobres y confusas, de comodidad, hasta el momento en que la Hermana Muerte me arrebató el Espíritu…
–¿Cómo sería posible vivir según los rígidos criterios del Evangelio, sin perturbar el progreso tecnológico ni el desenvolvimiento de la ciencia?
–La ciencia y el progreso tecnológico son inspiraciones de Nuestro Padre, favoreciendo al ser humano con recursos que le hacen la vida más feliz y menos penosa, disminuyéndole la carga bruta de las tareas de cada día, las coyunturas amargas de las enfermedades, especialmente las mutiladoras y degenerativas, proporcionando medios hábiles para la fraternidad y el entendimiento entre los hombres y las naciones.
–¿Será eso lo que ocurre? ¿No continúa, el monstruo de la guerra segando vidas y sembrando el horror en nombre del orden y de la paz? ¿No han sido sacrificadas sucesivas generaciones por prejuicios de raza, de orgullo, de clase y de religión?
Despojarse de todo no es botar las conquistas ya realizadas, sino aplicarlas a favor de todos y no solo de unos pocos. Es el impositivo de repartir el exceso con aquellos que no tienen nada o que padecen carencias, respetar los derechos de la vida, preservar la hermana Naturaleza y todos los seres vivientes igualmente hijos de Dios. Quien se despoja queda libre para amar y para servir, bases de la vida en todas partes.
Profundamente conmovido, interrogué finalmente:
–¿El Padrecito Francisco podría concluir esta entrevista enviando por mi intermedio, un mensaje a los hombres de la Tierra en la actualidad?
–El mensaje que me envuelve el Espíritu y que forma parte de todo mi proceso de evolución es seguir a Jesús y vivir sus ejemplos. Mas, si me fuese facultado sintetizar todo lo que me gustaría repetir a mis hermanos terrestres en estos momentos de glorias y de sufrimientos, de grandezas y de miserias, yo diría: hacer a los demás solamente aquello que desee que los otros le hagan, y en cualquier circunstancia, amar y amar hasta sentir los dolores que el amor muchas veces experimenta cuando es dirigido al prójimo.
El emisario de Jesús sonrió suavemente, envolviéndome en extraordinaria luminosidad que me llevó a las lágrimas. Profundamente conmovido por su magnanimidad, proseguí el giro por Asís, evocando su bendición, de finales del mes de septiembre de 1226, cuando él pidió para ser transportado para su Porciúncula, donde moriría, y basada en las siguientes palabras:
–¡Bendita seas tú por Dios, Ciudad Santa, porque por ti muchas almas se salvarán y en ti muchos siervos de Dios habitarán y por ti muchos serán elegidos en el reino de la vida eterna! ¡Paz a ti!
Página psicografiada por el médium Divaldo Pereira Franco, en la madrugada del 27 de mayo de 2001, en Asís, Italia. (Tomado de Reformador, Órgano de la Federación Espírita Brasileña, número 2.071, octubre de 2001, páginas 8,9 y 10.)